Presentación

Un grupo de amigos hemos decidido poner en la red el libro, “49 RESPUESTAS A LA AVENTURA DEL PENSAMIENTO”, porque creemos que es especial. Su autor, Eduardo Pérez de Carrera, nos sugiere a lo largo de sus páginas nuevas formas de percibir nuestra vida, de entender la Historia, de interpretar la realidad que nos rodea. Nuestro propósito es convertir este sitio en un espacio abierto de reflexión donde tengan cabida todos los comentarios que se nos hagan llegar sobre lo que a cada cuál le sugieran o le hagan sentir los párrafos del libro. Nosotros nos limitamos a publicar cada quince días un nuevo párrafo y a invitaros a que participéis.

15 nov. 2009

Texto 1.5

1.5 "Cuentan las leyendas de los Maoríes en Nueva Zelanda, o los Taraumaras americanos, o los ritos helénicos, o la tradición bíblica judeocristiana, que un gigante, una diosa serpiente, un titán rebelde o un hombre justo -puede que una mezcla alquímica de todo ello- guardaron en un arca todo cuanto de valor existía antes de que poblara la Tierra esta Humanidad. Quizás una pequeña parte del contenido de ese arca haya sido revelado y transformado en tecnología, lenguaje y arte, pero parece que los arcanos no descubiertos y las deudas no saldadas de tantas vidas pasadas y aun futuras están condicionando la zona de consciencia que hoy, en forma genética y ambigua, determina lo que se ha convenido en denominar realidad presente".



COMENTARIO

Hay mitos, testimonios muy similares en todas las culturas ancestrales, de una época antigua en la que los hombres llegaron a conocer los secretos de los dioses y quisieron ser como ellos. Y los dioses, celosos, temerosos o decepcionados de los hombres, castigaron su soberbia sepultándolos bajo las aguas.

Cuentan también estos mitos que unos pocos elegidos fueron avisados de la catástrofe y salvaron en un arca los conocimientos que la provocaron, a la espera de una nueva oportunidad. Y estos elegidos, cuando la Tierra fue de nuevo habitable, encontraron a los supervivientes y, poco a poco, les regalaron el fuego, el trigo, el hierro, la música y la palabra.

Y ahí estamos. Utilizando el fuego para forjar armas de hierro y empleando la música para adornar las mentiras que decimos sobre el trigo. Acumulando deudas en definitiva, las propias, por lo que podríamos hacer y no hacemos, las que nos dejaron, por todo aquello que no se hizo, y las que dejarán los que nos sigan, si no son capaces de asumir y redimir el pasado.

Porque, si fuera cierto que nada se pierda, si fuera cierto que en el genoma se graba todo, allí debe estar toda nuestra historia, allí debe encontrarse el recuerdo de aquellos arcanos que nos fueron revelados. Allí debe estar, incluso, el contenido completo del arca o, al menos, los indicios y las capacidades para encontrarlo.

1 nov. 2009

Texto 1.4

1.4 "Cuenta la Historia convencional que la realidad antropológica, el modo de vivir e incluso el para qué, no es más que la suma de las vidas de todos los muertos. Puede que la llamada basura genética, esa parte del genoma que la Ciencia ha supuesto que no opera en la conducta, sea más determinante de lo que los genetistas han podido averiguar hasta ahora, y quizá la definición de la consciencia esté determinada por una experiencia o un aprendizaje cuya naturaleza oficialmente aun se desconoce".


COMENTARIO

Una creencia muy extendida en nuestra sociedad considera que somos el resultado de nuestra genética, del modo de vida y de la cultura de nuestros antepasados. A eso también se le añade la influencia de nuestro entorno. De la educación, por supuesto, y de lo que no es la educación. Porque, en definitiva, nadie sabe delimitar hasta dónde llega ese “entorno”, qué cosas lo configuran ni cómo se reparten sus influencias.

Al hablar de la herencia de nuestros antepasados solemos remitirnos a nuestra genética como si ya con eso supiéramos, más o menos, de qué estamos hablando. Sin embargo, del 95% de nuestro genoma, de eso que se ha dado en llamar “basura genética”, no se sabe casi nada. Así lo reconocen los propios biólogos. Ignorar prácticamente todo de la mayor parte de nuestro genoma deja abiertas muchas posibilidades. Es muy posible que ahí, sin que tengamos ni idea de su existencia, esté residiendo un inmenso potencial pendiente de ser adecuadamente activado. A fin de cuentas sigue siendo un misterio para la Ciencia explicar qué fue lo que hizo que, en un momento determinado de nuestra historia, “surgiera” en nosotros la inteligencia, la consciencia y todo eso que nos hace sentirnos humanos. Quizás fuera que, por algún motivo o conjunto de motivos, una porción de ese potencial fue activado. La gran cuestión, claro, es cómo poner a pleno rendimiento la inmensidad de nuestra genética.

Por otra parte, la definición que hacemos de nuestra consciencia, por parafrasear al autor, o ese “darnos cuenta” de la parte de la consciencia que estamos utilizando, nos lleva a otro territorio inmenso e igualmente virgen. No se sabe “cuánta” consciencia utilizamos –dándonos cuenta o sin darnos cuenta- ni cuánta consciencia podríamos llegar a utilizar, si la pudiéramos desarrollar plenamente. Por no saber, ni siquiera se sabe qué es eso de la consciencia. Por tanto, aquí también se nos abren un montón de posibilidades. Todas legítimas, para la Ciencia actual o para la del siglo XXX.

Quizás, como sugiere el autor, la definición que hacemos cada uno de nuestra consciencia viene determinada por una experiencia, o un cúmulo de ellas. Quizás las traemos grabadas en nuestra genética al nacer o quizás se graban en ella desde ese entorno que nos envuelve y del que apenas sabemos nada. O, quizás, sea una combinación de ambas. Ignorando para qué sirve el 95% de nuestro genoma, todo es posible. ¿Se trataría de experiencias tenidas por nuestros antepasados? ¿Por nuestros coetáneos? ¿Por otros seres? Es más, quizás podría no tratarse de experiencias ya tenidas sino de algo así como “óvulos de no-se-sabe-quién” pendientes de ser “fecundados” por nosotros mismos para, en definitiva, convertirlos en nuestra propia experiencia.

Texto 1.3

1.3. "Puede que el hombre se empeñe en olvidar que es un ser en metamorfosis, que quizás ello le empuje a continuar utilizando el pequeño espacio de voluntad conquistado en la epopeya de su discurso histórico para dominar y someter, para subrayar su presencia en la sumisión del resto"



COMENTARIO

Es curioso el empeño que ponemos los seres humanos en ese olvido del que habla el autor, cuando nuestra propia experiencia nos habla de cambio continuamente. En campos científicos como la biología y la neuropsicología se sabe que nacemos con múltiples posibilidades y capacidades potenciales que iremos desarrollando o no según las experiencias que tengamos en nuestra vida. Algunas de estas capacidades son desarrolladas en los primeros años de vida (lenguaje, andar…), probablemente debido a que en otros tiempos la Humanidad fue conquistando dichas capacidades, otras pueden ser o no desarrolladas según abramos más o menos nuestro campo de experiencia.

Estos indicios sugieren que no somos seres completos, que nuestro total desarrollo no ha llegado a su fin y, desde mi punto de vista, en esto consiste la aventura de la vida, en completarnos, llegar al máximo posible de nuestras capacidades, conquistar nuevos territorios de nuestro cerebro y de nuestra conciencia.

Desde el principio de nuestra vida vamos aprendiendo, dirigidos por nuestro entorno familiar y social, a formarnos una idea de nosotros mismos, del mundo y del hecho de vivir. En determinado momento, generalmente cuando creemos tener o nos dicen que tenemos las capacidades necesarias para la supervivencia, consideramos que ya nos hemos desarrollado, que ya somos. A partir de ese momento, nos defendemos de toda persona y experiencia que mueva los esquemas que hemos adoptado y con los que nos hemos identificado, tratando de, desde nuestro respectivo espacio de poder, imponer nuestra visión y ejercer control sobre ellos para mantener una sensación de seguridad. Este comportamiento, a menudo es fuente de sentimientos de frustración, aburrimiento, desencanto, estancamiento. Pero los cambios inevitablemente están presentes aunque los obviemos o los asumamos como situaciones repetidas.

Quizás esa búsqueda de seguridad como actitud y meta de vida esté siendo un obstáculo para nuestro aprendizaje a través de cada nueva experiencia, para descubrirnos a través de nuestro contacto directo con el mundo más allá de las convenciones y saberes que nos trasmiten del mismo, para desarrollar, al menos en parte, esas capacidades y posibilidades potenciales.

¿Dónde podría llegar el ser humano si tomara conciencia de que su evolución no está completa? ¿Podría seguir considerando lícito el uso del dominio y la sumisión del resto como únicos instrumentos de relación con el mundo, los demás y la vida? ¿No sería acaso la propia evolución del hombre, su perfeccionamiento la única manera de subrayar su presencia? Quién sabe, si además, al no tratar de someter a los demás para que adopten nuestros esquemas rígidos, estaríamos favoreciendo nuestra propia evolución y propiciando que otros se lancen a la conquista de sí mismos, la auténtica aventura de la vida.