Presentación

Un grupo de amigos hemos decidido poner en la red el libro, “49 RESPUESTAS A LA AVENTURA DEL PENSAMIENTO”, porque creemos que es especial. Su autor, Eduardo Pérez de Carrera, nos sugiere a lo largo de sus páginas nuevas formas de percibir nuestra vida, de entender la Historia, de interpretar la realidad que nos rodea. Nuestro propósito es convertir este sitio en un espacio abierto de reflexión donde tengan cabida todos los comentarios que se nos hagan llegar sobre lo que a cada cuál le sugieran o le hagan sentir los párrafos del libro. Nosotros nos limitamos a publicar cada quince días un nuevo párrafo y a invitaros a que participéis.

1 jun. 2010

Texto 1.19

1.19 "Desde todos los púlpitos se sigue predicando la igualdad; nadie habla de la necesidad de venerar la diferencia; desde la igualdad se busca la simplificación del pensamiento; y el mensaje único marca estos tiempos en que paradójicamente el hombre tiembla de emoción porque atisba o anticipa su identidad, pues no hay ningún dios ni ningún nada en la Naturaleza que haya hecho fotocopias."

44 comentarios:

el gato verde dijo...

Iguales respecto de los derechos para no ser responsables de los diferentes. Responsables con los diferentes para no ser cómplices de la necedad. ¿Responsables de qué? Responsables para soñar gigantes dónde hay molinos, para crear sueños donde habitan las pesadillas, y para seguir al niño por detràs de las agujas de la luna. Siempre en sentido contrario al tic-tac- tic-tac. Hubo un tiempo en el que el hemisferio derecho quería tener un espejo en el izquierdo, hubo un tiempo en el que ambos se hororrizaron mirándose el uno al otro; y habrá un no – tiempo para que los dos dancen como un corro diferente, pero eso sí sin pisarse el uno al otro.

Enrique dijo...

Se confunde igualdad con uniformidad y su búsqueda se traduce en una supresión sistemática de las diferencias. Pero, sin diferencias no es posible que surja nada nuevo, sin diferencias no hay cambio y, por tanto, evolución.

Una visión pesimista de la física postula que nuestro universo en expansión evoluciona hacia la uniformidad, hacia un estado frío, muerto y homogéneo en el que cada partícula estará quieta e inmensamente alejada de las otras. Es el estado de máxima entropía, o de desorden absoluto, en el que cada parte del todo resultará indistinguible de las demás.
La formación de los átomos, de los cristales y las proteínas, de las células y de la vida, de todo aquello que supuestamente va en contra de esta tendencia, es tan solo una violación aparente de esta condena hacia la muerte cósmica: cualquier orden es transitorio y se mantiene a expensas de aumentar el desorden de lo que le rodea. Así es como salen las cuentas y así es como se enseña en las escuelas.
Esta danza ciega y sin propósito de la materia, esta epopeya en la que surgen galaxias, planetas y seres humanos, en un intento heróico e inútil de resistirse a un mundo sin formas y sin relaciones, es la visión del cosmos sobre la que se sustenta la nueva religión oficial. Pocos son conscientes de ella, muchos ni siquiera la conocen, pero ahí está.
Forma parte de esta enseñanza afirmar que la vida es el producto imposible de una sucesión de errores afortunados y la consciencia de existir es el producto de miles de complejas reacciones y procesos físicoquímicos que están en camino de comprenderse. El único fin de la vida es mantenerse a sí misma. La misión del genoma, la pieza clave del ser vivo, es perpetuarse, fabricar réplicas de sí mismo, subsistir.
Sin embargo, la propia naturaleza se encarga de que la réplica nunca sea perfecta. Las poblaciones migran y se mezclan, los genes se reorganizan mediante la reproducción sexual y, además, el genoma de cada célula cambia permanentemente, por efectos ambientales no del todo conocidos. Estos cambios imprevisibles, junto con los errores de copia que se producen cada vez que el ADN se duplica, son lo que se llama mutaciones. Y, una vez que se produce, la mutación se perpetúa, se sigue copiando y difundiendo entre los cromosomas de la especie, aunque pueda ser letal.
Se piensa que la evolución biológica, el nacimiento de nuevas especies, se basa en la existencia de estos errores, en la presencia de estos fallos en el momento oportuno. Si no hubiera habido pequeñas o grandes diferencias entre los genomas, si no hubiera habido variabilidad genética, la especie no habría sido capaz de adaptarse a las modificaciones de su ambiente, no habría tenido individuos capaces de sobrevivir en un mundo cambiante.
No deja de ser curioso que en un mundo condenado a la uniformidad existan mecanismos que, al menos temporalmente, impiden que se produzca. Y resulta esperanzador que cada copia mal hecha del genoma anterior, pueda contener las claves de la futura supervivencia.

Slunging-soup dijo...

Nadie habla de la igualdad/semejanza sino de la posibilidad de similitud de destino original y/o su transformación en vario desde esa igualdad que no lo es. No sé porque tanto temor a asumir nuestras semejantes formas de partida desde una cultura, grupo, etnia, etc. Me ha gustado más eso de no tener que pisarse el uno al otro dentro del corro y en un NO tiempo. (No sé porque esto ya lo he visto yo en algún musical de la Gran Vía).
Gato Verde, tampoco sé si eres Beucis, pero te le pareces un poco aunque creo que sin espejo de los horrores.

Eneadene dijo...

Enrique, yo no lo hubiera expresado mejor, incluso hasta esa mezcla de creacionismo científico y fé histórica determinista. Sí, hay alguien por ahí metiendo el dedo para que todo parezca aleatorio sin serlo bajo un plan perfecto, o casi. Algún desvío debe de haber, a veces uno está con el dedo en la nariz mientras las cosas pasan, y quien no a estas aparentes velocidades eraicas. Me ha gustado.

olvido dijo...

Me han gustado mucho los comentarios de Enrique ¿La puñetera Ley de la Entropía tiene que ver con la evolución a la homogeneidad, etc..? Leeré tu comentario más detenidamente.
Por mi parte, el texto me evoca la igualdad como concepto y signo matemáticos. Abstracción pura. En la vida ordinaria ni tan siquiera salen dos fotocopias o grabados iguales, ya que, al menos, siempre habrá diferencias de soporte e impresión.En los cuentos sufies parece ser que la Ley de Dios tampoco aplica criterios humanos de igualdad. ¿Es más real, por tanto, el signo de equivalencia (tres rayas en vez de dos)?. Pero contra este signo hay otro axioma y es que dos cosas iguales a una tercera son iguales entre sí.
Pues, todo erróneo..... y ahí andamos todos entretenidos y también desesperados, ya que en algunos ámbitos estaría bien que los repartos y demás aplicaciones del concepto se hicieran, sino equitativos, libres de olvidos (término que utilizo para ser suave y no ensañarme con las instituciones y modo de proceder humano).

el gato verde, in memoriam dijo...

El gato verde baila muy mal y aunque le gusta bailar no quiere pisar los pies del otro. Cuestión de torpeza, cuestión de no saber llevar el compás. Me digo a mi mismo: “baila a tu ritmo al son de la música, busca una nueva danza”. Y como no me sé explicar, no sé que fuerza da tanto parecido a los que son en fondo y forma diferentes. Quizás sea esa fuerza producida por tantos púlpitos que predican la igualdad por encima de la diferencia, tal y como se relata en éste fragmento. Quizás sea esa fuerza la que nos lleve a buscar a uno detrás de dos seudónimos cuando en realidad son dos, o tres, o infinitos diferentes. Me horroriza, quiero decir que me da miedo, verme buscando la fotocopia del “éxito” de mi mismo en el espejo somnoliento de la mañana, y no tener el valor suficiente para renunciar a lo que me da la seguridad de la conquista pasada. Hallar la fuerza de Shivà para la destrucción de tus propios surcos y renacer frente al espejo con la fuerza del grito de un recién nacido: ese es mi desafío. Contemplarlo sin compadecerme, ese es mi sueño. ¿Por qué me agarro tanto a la composición de una identidad de mi mismo que sea igual a mi mismidad? ¿Por qué se produce un desgarro en la descomposición? ¿No es esa la cárcel de la razón?

La madrastra de Blancanieves se miraba en el espejo para someter su belleza pasada a la pregunta del aquí y ahora. Quería ver de frente la muerte de su mismidad eterna, tal vez para enseñarnos e iniciarnos en las pequeñas muertes. Las pequeñas muertes de lo que es igual en cada uno. La muerte que crea la diferencia. Tal vez por eso le dio las cintas, el peine y la manzana a Blancanieves. Para que no se aferrara a lo que ya era, para que pudiera crecer y desarrollarse en una Blancanieves diferente de la anterior. Para que no se aferrara a su estado. Seguramente había que tergiversar su júbilo cuando el espejo le respondía que ya no era la más bella para hacerla mala, para adecuarla a la moral binaria, para hacerla políticamente correcta. La flor se marchita, se pudre, se descompone. ¿La muerte es mala? ¿Se puede amar la muerte? Tal vez la eternidad sólo esté dormida en una caja de cristal esperando nacer. Tal vez la muerte no sea más que una espera que no existe. Tal vez morir sea sólo una espera, una espera de amor.

El gato verde se descompone y desaparece... ya no queda nada. Solo un rastro en el aire.

Anónimo dijo...

gracias Enrique

Afrodita dijo...

Las huellas en la harina son disparates que oxidan los sueños de princesas que, nunca más pálidas, nunca más tristes, nunca más vírgenes, no bordarán ya pensativas tras los muros de castillos sin encanto que abandonaron, camino del destierro, legiones espantadas de fantasmas blancos, abrumados, desolados, derrotados, incapaces de luchar por un nuevo acomodo en que instalar su inexistencia milenaria.
Las huellas en la harina son disparates que oxidan los sueños de príncipes que, nunca más azules, nunca más valientes, nunca más galantes, no se batirán ya ningún cobre, ya defendiendo, ya demostrando, inocencias blancas que, abrumadas, desoladas, derrotadas, incapaces de seguir alentando en oscuros fondos de vaginas voraces, buscan horizontes nuevos, amplios, alejados del mundanal ruido que produce el sordo entrechocar de estertores y de jadeos y de orgasmos.
Las huellas en la harina son disparates que oxidan los sueños de mujeres y de hombres que, nunca más amantes, nunca más amados, nunca más correspondidos, no buscarán, ya desencantados por la inexistencia del encanto, otro refugio que, en el regalado ser no más que espejismo pasajero, el encuentro fortuito de unos cuerpos que no encuentran, abrumadas, desoladas, derrotadas, incapaces de batirse el cobre por lograr acomodo en lugar tan hostil, sus respectivas almas.
Las huellas en la harina son disparates que oxidan los sueños de los sueños imposibles de, algún día, despertar tras haber soñado sueños que, ya nunca más adormecidos, ya nunca más narcotizados, ya nunca más envueltos en la bruma de la resignación ni del fracaso, despertarán gozosos de verse liberados y, arrancados del abrazo fatal del momento sin gloria de unos tiempos en que los atenazaron, verán desvanecerse los fantasmas negros que, abrumados, desolados, partirán camino del destierro derrotados.
Las huellas en la harina son disparates que oxidan los sueños de la razón que grita, sacudiéndolos, un día despertaréis, y os levantaréis, en las almas y en vuestras propias armas, y os batiréis el cobre ya demostrando, ya defendiendo, vuestra por tantos siglos desterrada existencia milenaria.

Anónimo dijo...

Oye, me ha molado éste último parrafrasear de Afrodita -saliendo del baño, según Iconoplasta- que se la ha jugado bien. Veo que poco a poco va cogiendo el hilo del discurso dominante, y ya organiza su deducir con solemnes engarces de retumbantes sintagmas con sonar de tercer milenio. Me ha gustado sobremanera el segundo axioma, si se puede decir así, donde se rebela el futuro de los sueños de los otroras príncipes encantados con salvar a antiguas doncellas ahora hartas de sus propios devaneos. Vamos, peor que los de Zapatero. De las huellas en la Harina ya se sabe que duran menos que suspiro de ánima bendita.

Salva-sea-la-parte dijo...

Creo que Afrodita se ha molestado mucho con la renuncia de Gato Verde a ser quien parecía que era, o a dejar de parecerse a quien creía que podía ser, aunque yo particularmente piense que sigue siendo el mismo de antes. Eso de la identidad tiene sus penas y sus culpitas, que no son solamente ajenas, pero tampoco totalmente de uno. A mí lo que me apena, es un decir, es que se nos quiera convencer que parecerse a algún otro que nos seduce sea tonteria, inmadurez, ausencia del sí mismo, etc. Lo que me apena es que haya que ser necesariamente el yo que somos. Estoy de acuerdo en una parte, pero no en la otra. Hay gente que no puede hacer otra cosa, aunque lo intente, y a sabiendas, al menos quiere parecerse al otro que parece ser de verdad. Nos pasamos gran parte de la vida intentando alcanzar esa semejanza, e incluso el que nos sirve de guía se enorgullece de tal suceso, aunque suela repetir aquello de sólo serás lo que debas ser, y si no no serás nada. Bueno, tampoco hay que pasarse, al menos serás un imitador de un supuesto mejor. Lo malo es que la imitación te puede salir torcida.

Ulises dijo...

Cuando miramos a nuestro alrededor, es fácil comprobar la afirmación del autor de que “no hay ningún dios ni ningún nada en la Naturaleza que haya hecho fotocopias”. Es fácil comprobar que no hay dos personas iguales, ni dos animales iguales, ni dos plantas iguales, ni dos rocas iguales, ni siquiera son iguales dos objetos que hayan fabricado los humanos con la intención de que fueran idénticos.

Pero mi sorpresa fue grande cuando en su día me enteré de que esta falta de igualdad se extendía hasta la misma esencia de la materia, hasta el nivel de los átomos. Y no me refiero, evidentemente, a que los átomos de potasio, por ejemplo, sean diferentes de los átomos de magnesio. Me refiero a que en un mismo elemento químico no hay dos átomos iguales. Incluso en el más simple de todos los elementos, como es el hidrógeno.

Y esta misma consideración puede aplicarse a los propios constituyentes de los átomos: a los protones, neutrones, electrones y a los distintos tipos de quarks.

Inés dijo...

Creo que en la paradoja planteada en el texto está la explicación a la política del mensaje único, porque que contiene un miedo que anula la aparente contradicción. Es otra vez el miedo al cambio, pero parece que esta vez es un miedo más difícil de afrontar, porque se acerca el momento de dar, todos a una, un paso evolutivo crucial. Ya no será sólo el cambio individual que sacude superficialmente la inconsciencia de la masa humana, sino la masa que podrá renunciar al abrigo del estancamiento protector, liberando al hombre único necesario para la llegada a esa identidad que presentimos.

Desde este punto de vista, que es el mío, lo raro sería no tener miedo. Es un cambio muy grande.

Parece ser que alguien quiere impedir el salto, y se ha inventado el uniforme para maniatarnos no a todos, sino a cada uno, porque el tirano siente con horror la agitación de las ovejas que pastan con un ojo puesto en los límites del redil. Pero ¿quién es el tirano?. ¿Es nada más esa minoría de impresentables podridos de poder que ya sólo se alimenta de dinero y fantasías de inmortalidad?. No creo, porque estos personajes representan un modelo de vida a seguir para muchos de sus esclavos. Puede que a esa “élite” se le ocurriera primero la idea diabólica de implantar el pensamiento único, y seguramente conoce bien la manera de manipularnos, sabe qué resortes tocar para reaglutinar constantemente a millones de seres humanos en el centro del establo. Pero puede que sólo estén reforzando síndromes de Estocolmo, y también puede ser que tenga más miedo que los mismos secuestrados. Y si aquella pretende neutralizar cada signo de individualidad, cada amenaza al modelo, habrá que cultivar la propia ignorancia para averiguar quien lleva realmente la rienda de la libertad del individuo, porque podríamos descubrir cosas que neutralizarían los efectos de un poder que verdaderamente no tienen. Pero resulta que esto también da miedo y no es un trabajo fácil para nadie, aunque poderse, lo que es poderse, se puede intentar..

Por otro lado, quería yo preguntarte, Salva-sea-la parte, cómo has hecho para llegar a la conclusión de que hay gente incapaz de llegar a ser nada mejor que la imitación de otro, ¿logro? al que no le encuentro nada de valor. Parece como si estuvieras justificando la conveniencia de fotocopiarse, dando por sentado que la mediocridad es una condena con la que hay quien nace, no se hace y en la que permanecerá, así que mejor asumirlo.

Si quieres decir algo así como que no todo el mundo puede pintar como Velázquez, te diría que sí, que sólo él pudo hacer las cosas como Velázquez, pero él era él y ese sería su camino. Entonces, ¿puede inferirse de lo irrepetible de su obra que cada persona es incapaz de desarrollar sus capacidades porque carece de los mismos instrumentos que otro ser humano?. Siguiendo con el ejemplo, ¿sólo se puede ser genuino pintando Las Meninas?. ¿No te parece que el modelo único integra el genio cuando no puede negarlo y nos dice que sólo es de buenos alumnos estudiar técnicas copistas?.

No creo que sea incompatible la admiración por las cualidades o los logros de otros con el desarrollo de las propias capacidades. Es más, creo que lo primero es deseable e influye favorablemente en lo segundo.

Salva-sea-la-parte dijo...

Dulce Inés, recordando a Zorrilla y su Don Juan, si te pones así hablo al menos del 67 % de las realidades mundanas que nos acoplan. Siempre creí y luché porque al menos todos tuvierámos las mismas potencialidades y posibilidades de desarrollar nuestra propia personalidad, pero veo que la mayoría no está por la labor, por el miedo que citas, por simple vagancia, por imposibilidades serias varias, por no estar en el lugar adecuado en el momento adecuado, etc. y etcéteramente conocido. Veo que encajas el universo plástico del arte como ejemplo, aunque usas el viejo discurso de las habilidades del maestro Velázquez, que quizás-auizás, en este mundo plástico cambiante y agobiantemente ligado a una cierta realidad, se quedaría mas corto que un café a la florentina. Nadie necesita ser ahora Velázquez sino en el sentido de su capacidad observadora y su sabia resolución técnica adecuada al asunto, pero que íbamos a hacer pintando Meninas con oscuras atribuciones cuando las tenemos en vivo y en directo transmitidas por la TV y la prensa. Y evidentemente no todo el mundo puede pintar como Velázquez, menos ahora que antes, que no se tenían tanto miedo a la hora de discipularse y luego concitar al propio espíritu (Goya, Picasso, Bacon, Equipo crónica, etc., y no me saqueis siempre el ejemplo predilecto del maestro). Eso quiere decir que en absoluto estoy en contra de los alumnos que saben copiar para después recrear su propia edición. Pues mira que ahora los artistas copian cada vez menos y les importa un pito magrearse con los maestros del arte contemporáneo. Algo que ganamos, lo que no quiere decir que no estén allí, presentes como referencia simbólica en el subconsciente. Y por último, para mí el intento de llegar a ser como otro al que consideras mejor ya vale una flor en la solapa. ¿Por cierto, qué defencía al cabo la Inés del Don Juan castellano con tanto ardor aprehendido sino algo educativo y no vivido?

Manolo dijo...

Lo cierto es que no hay dos seres iguales. La diferencia es la regla. Pero, venerar la diferencia, como dice el autor, es algo más que respetarla. Es, casi, como mirarla con devoción, como si de algo sagrado se tratara. Supongamos que las diferentes realidades de los demás me estuvieran ofreciendo claves importantes para mi propio desarrollo personal. Algo así como “espejos” en los que mirar y descubrir otras formas de vivir, de sentir, de pensar. Desde este punto de vista, claro que entiendo la necesidad de venerar la diferencia. Sería una forma de ver a los demás como fuentes de inspiración para desvelar mis propias trabas. En nuestra sociedad, sin embargo, cuando se habla del respeto a la diferencia se suele traducir en actitudes en las que, con paciencia y condescendencia, esperamos que el “diferente” acabe reconociendo nuestra superioridad. Y si no, “peor para él”. ¿Qué significaría, desde un punto de vista social, venerar las diferencias? Significaría, en mi opinión, no pretender el dominio, el triunfo del pensamiento al que me he adscrito. Partir de la base de que mi “verdad”, mi forma de ver la realidad, es incompleta y puede ser completada, al menos en parte, por los demás. Sería contemplar la diversidad como una oportunidad para ayudarme a percibir toda la realidad. Significaría recelar de los pensamientos “únicos”, o los comúnmente aceptados, como constreñidores y valorar la diversidad de ideas como el medio para construir pensamientos más complejos y profundos, más capaces de captar la inmensidad de la realidad. Quizás como un medio para crear nuevas sinápsis neuronales, para ampliar nuestro nivel de consciencia.

Pero, ¿valen todas las diferencias? Entiendo que no, que ahí hay que hacer una selección. Si tomáramos todo lo que hace a los demás diferentes de mí como algo venerable, podríamos entrar en una especie de papanatismo. En los demás, como en mí mismo, hay mucho de superficial y egocéntrico. Habría que aprender a distinguir las diferencias que merecen la pena. Pero, ya sería un gran paso ver a los demás como personas que, más allá de sus apariencias, son portadoras de valores, de capacidades importantes. Aprenderíamos a mirarles de otra manera, no limitándonos a lo que parecen ser y estando atentos a lo que pueden llegar a ser, o incluso realmente ya son. Aprenderíamos a dejar de ser jueces de los demás para convertirnos en compañeros de este viaje que es la vida.

El gato bermellón dijo...

Bueno, el texto dice “venerar la diferencia”, no “venerar al diferente”. Es un matiz importante. Saber verla, reconocerla, amarla, comprender hasta los tuétanos que, hasta en la misma dimensión del tiempo, no hay otra ley que esa: el cambio permanente. Tampoco los instantes pueden repetirse, fotocopiarse, por más que nos empeñemos en atesorarlos y re-producirlos. El I Ching me lo explica y me lo recuerda: es uno de mis libros preferidos.

Hay algo que, creo, está por encima del juicio o la valoración en la idea de “veneración”. Es una palabra que asusta, claro, porque supone una entrega y una fe sin límites. Pero a algo abstracto, como es a esa diferencia inmanente –intrínseca, “fundacional” podríamos decir, base constitutiva de lo vivo, de lo fenoménico– sí que me atrevo a planteármelo. Venerar la diferencia te lleva a una actitud vital consciente, valiente, arriesgada, exigente y auto-exigente, que va más allá de lo moral y lo ético, porque te instala en el paisaje de la absoluta complejidad, y sienta las bases de una normalidad absolutamente in-normalizable, que es lo que yo creo que más temen los púlpitos: que lleguemos a un estado de estupefacción permanente, donde nuestras reacciones sean automáticas, previas a cualquier etiqueta simplificadora. Pero es tan difícil en un grado absoluto… Habría que plantearse si la propia idea de concepto (perdonad la aparente redundancia) no está cargada ya de fijaciones (repeticiones) desde su mismo origen, a partir del modo en que hemos sido enseñados a pensar. Espero comentarios doctos que me alivien de esta pesadumbre.

Anthony-mus(a) dijo...

Manolo, te expresas estupendamente, con serenidad, reflexión y carga de verdades construídas. Comparto contigo, desde mi ignorancia, tales palabras aclaratorias, pero me gustaría solicitarte una más, al menos.
Por lo que entiendo, no todas las diferencias captadas como fuente de superación son útiles, válidas, profundas. Abandonemos pues esa parte del papanatismo referencial que dices. ¿Pero si las diferencias que buscas aparecen resplandecientes por la luz derivada, en general, por un reconocido o entronizado maestro o profesor,alguien que te seduce irremediable y positivamente por su discurso y acción y que, también irremediablemente se aprovecha de esa posición de privilegio?
¿Habría también en él algo de superficial y egocéntrico asumible, aceptable, y claro, perdonable? Gracias

Que se me ocurre a mi que dijo...

¿Salva-sea-la-parte = Anthony-mus(a)?

Afrodita dijo...

Es curioso que también yo lo he pensado. No sé, percibo en uno y otro un cierto matiz de...¿"resentimiento", tal vez?

Salva-sea-la-Parte dijo...

Al gato bermellón felicitaciones por ese tornasol de coloridos, y sí es/era él más aún, porque ha logrado rebajar el discurso de antes de gato en los altares a éste casi de Garfield. Que será-será
A Qué se me ocurre a mi...., le diría: Huy, que perspicacia más descontrolada y recortada, mismamente.

Inés dijo...

Así entre tú y yo, Salva-sea-la parte, de ego a ego, qué pesadez de derrapes paternalistas canino-académicos. (Lo de canino es por los dientes, no por los perros). No entiendo qué ganas con afilarlos. Por otra parte, yo no soy una chuleta de cordero y en mi árbol genealógico -por suerte sin doñas- no hay ningún Ulloa.
¡Digo! (pronúnciese con peineta).

la sílaba silbada dijo...

Parte 1 de 2:
Manolo, discrepo en algunos de los matices que propones, si es que he entendido bien lo que cuentas. Me imagino que para efectuar la selección de lo diferente y no caer en el papanatismo hay que hacerlo desde la capacidad de discernimiento. Tal y como lo ejemplificas entiendo que tiene que ver con nuestra capacidad de tener juicio moral a priori para diferenciar lo que esta bien de lo que esta mal, lo que nos conviene sobre lo que nos perjudica en el otro y establecer así esa selección, sobre “lo que merece la pena”. En virtud de ese juicio, podemos a priori seleccionar la diferencia que nos interesa, las frutas que queremos sobre las que despreciamos, y creer que podemos prever cómo incide en nosotros esa diferencia. Creo que si podemos establecer a priori ese juicio, yo no lo llamaría diferencia porque si creemos que ya lo conocemos, ya forma parte de nuestra experiencia, de nuestra identidad y por tanto nos sentimos capaces de eliminar o de seleccionar las frutas podridas respecto de las que no lo están. No creo que ese camino produzca nuevas conexiones neuronales. Si no hay amenaza vital al sistema no podemos hablar diferencia. La diferencia reside en nuestra incapacidad por saber lo que nos va a producir. La diferencia pone en crisis el sistema, de algún modo lo “enferma” lo altera, lo pone en peligro. Entiendo que el concepto de diferencia respecto del de igualdad encierra algo desconocido, una tendencia hacia el infinito, una proporción de entropía respecto del orden establecido, un misterio de las infinitas variables del tiempo y de su modo de incidencia en nuestra naturaleza.
Las diferencias no se pueden percibir porque todavía no forman parte de nuestra experiencia, hay algo en la alteridad que se escapa a la igualdad. Me refiero a las diferencias que no somos si quiera capaces de discernir y que, por tanto, no podemos atribuirle un juicio. Aparece otra dimensión que no podemos analizar si no nos permitimos vivir la experiencia de eso que desconocemos. A ese venerar la diferencia creo que se le llama fe. Sobre todo porque no creo que se trate de diferencias binarias, sino de diferencias complejas, que atañen a todas nuestras capacidades, todas las que tenemos, incluso las que escapan a la consciencia.
Me parece que la fotocopia representa la eliminación de toda entropía, de toda la vitalidad que pueda tener el sistema analizado, de toda su capacidad de metamorfosis permanente y de su carácter imprevisible. Es en el dialogo entre lo vivo y lo muerto en el que se establece la diferencia. Es en la incertidumbre de la muerte donde nace la vida. Ahí el Hombre más sabio es un niño recién nacido. Si esa entropía es definible, medible, categorizable e incluso podemos valorarla como positiva o negativa para nosotros, resulta que deja de ser una diferencia. La diferencia es un impulso vital dónde no podemos elegir lo que nos beneficia. No creo que sea un concepto relacionado con el beneficio social sino con el riesgo vital. Ir al supermercado de las relaciones humanas de las transacciones que nos benefician o perjudican puede ser constructivo o positivo, pero creo que hablaríamos de interés y no de veneración. La diferencia nos sitúa en un plano de exigencia no negociable. Si es algo que conocemos y por tanto podemos deshechar o escoger no es una diferencia, la podríamos llamar transacción de intereses, pero no diferencia. La transacción puede producir duda selectiva, pero entre la vida y la muerte no hay elección. Sólo puedes elegir la vida, sólo puedes buscar la salida del laberinto.

la sílaba silvada dijo...

Parte 2 de 2: Claro que después de la experiencia viene el análisis o todas las analogías que queramos crear para darle una nueva dimensión a lo que no podemos expresar. El Hombre nunca hubiera decidido volar seleccionando lo que a priori le hubiera podido perjudicar o beneficiar. Nunca hubiera arriesgado su vida si no fuera desafiando las leyes de la razón. Nunca se hubiera levantado analizando a priori las consecuencias de sus caídas. Nunca hubiera considerado razonable nacer.
Aunque a la razón se le hayan atribuido los grandes avances de la humanidad, yo creo que todos los avances en el campo del desarrollo de la tecnología, del arte, del pensamiento o en el campo científico no han sido más que desafíos a la razón. Manolo, es cierto que si ampliamos el concepto que propones, más allá del juicio moral, estaríamos hablando de la inteligencia, pero es justo ahí dónde creo que propones un debate muy interesante. Creo que la inteligencia desafía a la razón, en cuanto a que la razón se escuda en la prudencia y la inteligencia en el amor a la diferencia. La razón vive en lo posible y la inteligencia es el desafío de lo imposible. La vida es estadística y razonablemente imposible. Dar vida es un milagro, dar la muerte es una vulgaridad atroz, algo fácil, al alcance de cualquiera. Al que se aventura en la vida lo llamamos loco si fracasa o genio si acierta, y me parece que ese es un flaco favor a la inteligencia del que así juzga, no al que resulta juzgado. La inteligencia ama la valentía, ama el pulso vital, vive porque es fiel a ese impulso. Creo que nacer es la demostración empírica de que todo ser humano venera esa diferencia por naturaleza.
Ese reconocimiento de lo extraño, de lo extranjero en el otro, de lo que reconoces como diferente produce algo que se nos escapa y que, al no poder prever con certidumbre el resultado, lo llamamos miedo. Produce miedo porque no sabemos a dónde nos va a llevar esa diferencia. Produce miedo porque su naturaleza nos lleva a una aparente sinrazón. Produce miedo porque sabemos del peligro de muerte que habita en la diferencia. En cada parto, la muerte acecha bajo la cama, quizás como un aliado de la propia vida, del haliento que recorre una nueva geometría a riesgo de morir por no hacer nada o de morir por aventurarse. No hay elección sólo la salida hacia la luz. La muerte ya está presente en toda posibilidad, y es la vida la que desafía a la muerte como parte de sí misma, de su diferencia. La paradoja es que la muerte es la imposibilidad y la vida se establece en una diferencia posible. La imposibilidad es lo que ya tenemos y los retos llamados “imposibles” son en realidad nuestra única posibilidad. Por eso no puede existir la fotocopia en la naturaleza, porque sería como abrazar la muerte eterna y cerrar todo paso a la diferencia. La vida nos entrega la vida y yo no veo que puede haber de malo en entegar nuestra vida a la vida. Quizás ese sea el jeroglifico de la fe-licidad.

Afrodita dijo...

Yo lo entiendo como bastante más sencillo; o a lo mejor es que no lo entiendo, pero lo que alcanzo me vale para manejarme en mi vida cotidiana, de mortal corriente, que es la que vivo y con la que he de habérmelas.
¿Hay que dar tantas vueltas a algo tan simple como que cada ser vivo (y cada objeto, pero estamos en los seres vivos, que para eso somos los que tenemos responsabilidades y derechos) es diferente de cualquier otro ser vivo; y que así está bien; y que así debe ser para que el mundo no se estanque y el evolucionar fuera (caso de estancarse) impensable?
Las personas, sin embargo, parecen afanarse en uniformarse, ser iguales unas a otras, en todos los aspectos de la vida, de los más trascendentes a los más frívolos, o externos, o superficiales.
Debe de ser porque les resulta cómodo (“cómodo” emocionalmente, tal vez). Si eres igual a los demás, si no das el cante, serás aceptado, tendrás más amigos y no te notarás raro.
Y así, ahora mismo, existe un “sentido del humor”, por ejemplo. O un “sentido práctico” de la vida. O el gusto por determinado ocio, el que sea, que es el que los medios, los que nos dirigen, ponen a nuestro alcance, y no otro ocio, y no otro humor, y no otro sentido práctico que no sea el meramente utilitarista.
Incluso en algo tan inmediato como es la moda, en los y las jovencitas, por ejemplo. Quieren ir a “la moda”, llevar el mismo corte de pelo, hacer los mismos gestos, y llevar las prendas de las mismas marcas, idénticos los unos a los otros. No quieren ser diferentes, o, que también cabe, quieren ser diferentes y que la diferencia consista en ser la réplica única de tal o cual estrella muy carismática; pero terminan siendo legión de clones y, encima, sin carisma y sin brillo.
A mi me parece que lo único que el autor quiere decir en el texto es que la diferencia es buena y necesaria.
Y hay que ver la de palabras sobrantes que he enjaretado yo misma para llegar a una conclusión tan “ya llegada”.
Quizás es que a veces nos sentimos obligados a largar porque si nos callamos parecemos tontos. Pero es que hay textos (me refiero siempre al libro, claro) que meterse a “explicarlos” es oscurecerlos y embarrarlos.
Creo que es por eso por lo que tengo tanta “querencia” a Goyo; porque nunca explica.
A todos los demás, vaya eso por delante, mis respetos, y mi admiración (o mi envidia) porque no sé hacer lo que hacéis vosotros.

Afrodita dijo...

O me la salté sin darme cuenta o no estaba publicada la parte 2 de 2 de Sílaba Silbada. Pero esa parte 2 de 2 me ha parecido apabullantemente buena. Las cosas como son.
Hay en ella unos párrafos, en concreto una frase que me llama especialmente la atención.
Es cuando escribe “dar la muerte es una vulgaridad atroz, algo fácil, al alcance de cualquiera”. Y es que es algo que siempre me ha dejado muy perpleja; no sé si voy a saber explicarlo. Pero lo voy a intentar.
Siempre me ha llamado poderosamente la atención que algo tan complejo, o elaborado, o único, o (no encuentro la palabra adecuada para denominarlo) como es la vida pueda – y esto es lo que no soy capaz de digerir – pueda ser arrebatado por un simple mortal y sin más medios que su voluntad (la voluntad de un mortal mediocre, y lo mismo hasta nada inteligente) y algún artilugio o adminículo que, para el caso, lo mismo da que sea una bomba que una navajilla…
Lo que me pregunto, lo que me causa perplejidad es qué cúmulo de circunstancias ajenas a las voluntades (la del que quiere matar y la del que desea no morir) están convergiendo en un asesinato, o en una masacre, incluso, para que uno (o muchos) sean, pasen, no sé cómo decirlo, al acerbo de la memoria del cosmos, o del tiempo, como “victimas” y, otro, el que mata, pase a esa misma memoria como “reo”.
Lo plasmo tan mal que no me va a extrañar que nadie me entienda.
¿Existe, en alguna parte, me planteo y pregunto, un algo así como “destinos” y “libres albedríos”, de una parte y de otra, que por azares (o determinaciones) de destinos y albedríos del propio destino y el propio albedrio van a converger en algún punto de desencuentro o de encuentro para que, uno y otro, víctima y reo, se “confabulen” al margen de sus voluntades para llegar a un fin para el que ambos, con independencia de sus voluntades estaban siendo necesarios?
¿Estaba la víctima abocada, o destinada, o había elegido aun sin saberlo ser víctima?
¿Estaba el reo abocado, o destinado, o había elegido ya incluso desde antes de nacer ser reo?
¿Estaba su encuentro ya ubicado, localizado, en algún lugar de los respectivos azares o destinos?
Lo cual no quita, vaya eso por delante, que el que mata siempre es asesino; eso ya lo sé; pero, todo el tejemaneje que no acierto a plasmar… es, creo, otra cosa.
El que me lea puede, cuento con ello, hacer una pedorreta y decir que estoy loca. Pero hablo (escribo) del todo en serio. Una vez planteé lo mismo en palabras habladas a alguien que me respondió que eso era, casi, meterse en el terreno de la física cuántica.
Y yo no entiendo una palabra de física cuántica.

Atila dijo...

Desde los púlpitos primero no meten miedos:el infierno, las pandemias, las guerras pero si nos unimos y somos un rebaño del que sea, todo ira bien porque los de los púlpitos están para defendernos. De manera que hay que meterse en algún rebaño para ser protegidos.
Y la niña en su primer día de colegio la monja le dijo:
Espero que Ud.(entonces te trataban así) sea tan buena como sus hermanas. Estas siempre se llevaban las bandas y las medallas porque no hablaban y eran sumisas. Cuando crecían si eran bonísimas las hacias Hijas de María.
-Pero si nos están diciendo que nuestra verdadera madre es María, porque las que llevan una gran cinta azul con una medalla gorda son mas hijas de la Virgen?.
Un día la niña que ya no lo era tanto decidió ser buena y se prometió estar muda todo el día, hasta que en la ultima clase se desmayo de aburrimiento.
A la hora de la comida no estaba prohibido hablar pero eso si, si lo hacían se perdían rato de recreo y la niña pensó que era mas divertido hablar con su compañera que ir a la terraza para ver si la dueña de la cuerda la admitia o no. La dueña nunca daba pero si tenia derecho a saltar siempre y a elegir a quien saltaba.
Quizás la oveja perdida también se aburrió de estar en aquel rebaño y decidió ir por su cuenta mientras las 99 esperaban pacientemente a que el pastor la encontrase.
¿Como seguir sin estar en el rebaño, ser diferente? Aun así quiso correr el riesgo.

Gaspar dijo...

Esta sociedad que posibilita que lo que pase en La Conchinchina se sepa de inmediato en Bollullos de Abajo, transmite una falsa idea de conocimiento y libertad. Este "poder" de opinión o información, está en realidad deformado por estar tutelado por intereses partidistas; produciéndose la contradicción que en un mundo con más herramientas para el desarrollo personal, se hace dejación de esta responsabilidad y se delega en el "Papá Estado" que nos protege y guía. Es una sociedad infantil, con pocos adultos y abundancia de infantes, que por supuesto, se consideran iguales y con los mismos derechos ante Protector; se potencia la igualdad asociádola a derechos y se obvia el deber compromiso o responsabilidad.

Es una sociedad conductista, en la que es norma el aborregamiento y las filas prietas, donde en el mejor de los casos, se confía en una organización para dar respuesta a una situación. Se hecha en falta la autonomía y el criterio personal, la figura del libre pensador; cada uno con su equipaje, con sus limitaciones y errores, pero leal a sí mismo y verdadero. Se utiliza como señuelo la igualdad y la libertad para proclamar "todo el mundo es libre para pensar", pero se esconde la posibilidad de "pensar para liberar".

Cada persona es única e irrepetible. Curiosamente, todas depositarias de la misma memoria de la humanidad, pero intuyo que cada una con un camino propio que recorrer. Este vivir, entiendo que genera dos conceptos, la esencialidad y la universalidad, los dos indefectiblemente asociados, y los dos necesariamente disociados; porque quizás el sentido por el que hemos nacido, es porque existen han existido y existirán otros hombres.

Anónimo dijo...

El súper ha dejado dicho, sin ánimo de ofender:
1/ "No hay nadie en la naturaleza que haga fotocopia de las cosas". Es relativamente incierto. Nada es igual, pero se parece. Eso quiere decir que el "ningun nada" tiene vocación de artista, y aunque se quiera repetir a posta, las cosas no le salen idénticas (Y también que todos nos repetimos, no de aburridos que somos, sino de inútiles)
2º / "Desde todos los púltpitos se sigue predicando la igualdad". Tampoco es así del todo, estoy aíto de ver-escuchar a gente que se empeña en que somos distintos -de los otros- para parecernos a ÉL/ELLA.
3º / "Nadie habla de la necesidad de venerar la diferencia". Sí señor, todas las cadenas de ventas de cosas "personalizadas" supuestamente.
4º / "Desde la igualdad se busca la simplificación del pensamiento". A veces, los que reparten igualdad, libertad, fraternidad, etc., dicen cosas muy complicadas. Yo me leí enteros a Jean Paul Sartre y a José Ingenieros y sigo tan desigual.
5º / "El mensaje único marca estos tiempos". Pues si uno abre el Internet o cualquier periódico, mejor, si los abre todos al mismo tiempo, se marea de las diferencias de interpretación sobre lo mismo que se pueden dar.
6º / "Paradójicamente, el hombre tiembla de emoción porque atisba o anticipa su identidad". Sin embargo, este es un mundo de personas que andan buscando sus señas de identidad como locos, aunque posiblemente errados se pierdan en el último reloj que usa Cliven Owen, y nos cambiamos el nombre en la intimidad de los escritos, buscando alguno que revele o anticipe, aunque sea figuradamente, esa identidad.
No todas las certezas son completamente verdaderas, hay un montón de ellas que se van al traste en cuanto damos vuelta la esquina.

Goyo dijo...

Eran muchas, más que multitud, y todas diferentes, aunque a veces no parecían tantas, pues agrupadas como en monolíticos personajes semejaban uno cualquiera, grandote y apelmazado, por cuyos mismos ojos todas miraban, y hablaban con las mismas palabras. Placíalas el gregarismo, y hallándose uniformemente ataviadas nadie diría que cabrían mil individuos en uno.
Muchas eran. Todas con graciles formas aladas, y unas antenitas doradas que adornando su cabeza parecían apuntar más allá de la simple pared jalbegada. Afanábanse en buscar incesantemente apariencias y modélicas formas contrastadas… unas pulían sus alas, otras las pintaban y repintaban de continuos y llamativos lunares, las había que colgaban adornos en su cintura, y quienes buscaban camuflaje entre ropas un tanto horteras… de todo había, pero en la mayoría estaba la intención de afirmarse, a su propio modo, con la inventada apariencia de la moda, y para ello hacíase imprescindible un particular hallazgo de ocurrencia distintiva, y un espejo al que encargarle la confirmación del logro…
Eran muchas, todas tenían alas pero no volaban, y largas patas con las que torpemente caminaban. En uniformes movimientos se desplazaban de acá para allá, y de allá para acá, y decían muy convencidas que viajaban.
Eran infinidad de mariposas que buscaban la hermosura, y por eso se pulían y requepintaban, sin percatarse que las alas sirven para volar, y que la belleza va más allá de la pasajera moda. …Tal vez, porque presas de la condición de su anterior estado de oruga glotona, que sin cesar come aún sin tener hambre, aún no se habían dado cuenta que para alzar el vuelo no es necesario arrastrarse.

Beucis dijo...

La actitud de venerar; el convocarnos para venerar; la invitación que se nos hace sobre “la necesidad de venerar la diferencia “ ; creo yo que merece una reflexión. Se venera lo sagrado, el misterio, lo numinoso. Si se nos invita a venerar nuestra diferencia, es porque nuestra diferencia es sagrada.

Esta diferencia, esta identidad profunda ante la que temblamos de emoción porque intímos que nos acercamos a su descubrimiento y que se quiere aplastar bajo una igualdad impuesta y a la baja, chata y amorfa, porque el hombre que logre tender puentes entre su esencialidad y su contigencia. Que logre expander su totalidad, sembrando de viejas camisas de serpiente su camino, y que logre despertar del sueño hipnótico que le tiene clavado en el hormiguero, dejará la simplificación, romperá el mensaje único, para obedecer su propio mensaje. Dejará los ritmos binarios de la razón , fáciles de orquestar por el Poder y compondrá su propia sinfonía sagrada, digna de veneración.

aquiles dijo...

Beucis da una clave importante para matizar la segunda parte del comentario de Manolo. Cuando el texto habla de “venerar la diferencia” el acento hay que ponerlo en el verbo: sólo se puede y debe venerar aquello que es sagrado. El propio autor aclara lo que ha de venerarse cuando añade que “el hombre tiembla de emoción porque atisba o anticipa su identidad”. Es, por tanto, la identidad profunda, la identidad sagrada de cada uno lo que debe venerarse como verdadera joya. No es posible venerar las estupideces de un estado impostor de esa realidad profunda.

Nada que añadir a la primera parte del comentario de Manolo. Me parece perfecto. Es verdad que parece fácil percibir la diferencia en lo que nos rodea, pero ¿qué hay de la diferencia en nosotros mismos. ¿Percibimos nuestras diferencias de un instante al posterior? ¿Permitimos la diferencia en nosotros mismos?. Es habitual que vivamos bien anclados a dos o tres “certezas” que configuran nuestro particular pensamiento único. Si fuéramos capaces de venerar las diferencias que, de un instante a otro, nos tratan de impulsar hacia un estado más cercano a lo que realmente somos, a nuestra identidad profunda, ¿no estaríamos viviendo así la verdadera aventura del pensamiento?

Nos acercamos a las nuevas situaciones y vivencias como si fueran repetición de lo que hemos vivido, tratando de evitar que nos vuelva a ocurrir lo que hemos grabado como “malo” y de repetir lo “bueno”. Este modo de sobrevivir niega la realidad de que no hay ninguna posibilidad de que las situaciones se repitan. Ningún momento es igual a otro anterior. Cada cosa que nos sucede es absolutamente nueva y única.

Comenzar a venerar la diferencia requiere asumir que no existe absolutamente nada que sea una fotocopia de otra cosa. Que por mucho que nos empeñemos no existe la igualdad.

Mandrágora dijo...

Este texto me hace reflexionar sobre la necesidad de tratar de ser auténticos y no homologarse a un comportamiento preestablecido y generalmente con pocos reparos a la hora de aceptarlo. Es verdad que cada uno, desde la variedad de contextos y situación en la sociedad, tiene capacidades y dificultades diferentes para asentar su propia peculiaridad en esa búsqueda natural que yo llamaría libertad. Pero esto que resulta una obviedad, me hace pensar que según el posicionamiento en el que cada cual se halla, parece más posible el bucear y llevarla a cabo en unos casos que en otros. Pongo un ejemplo: No es lo mismo la mujer que por su cultura debe aceptar una pareja acordada por los padres, que la mujer que puede variar su circunstancia familiar sin que nadie se lo impida, el punto de partida no es el mismo; o el hombre que tiene que emplear todo su esfuerzo y ocupación en cubrir necesidades perentorias para su familia, que el que puede combinarlo con una búsqueda y profundización en su persona. Quiero decir, el venerar la diferencia y aun siendo un trabajo obligado y necesitado en cada uno de nosotros, incide, a veces demasiado, según te acompañe un decorado u otro.

Si partimos del credo de que cada cual nace en el contexto idóneo para potenciar sus capacidades, entendería que la necesidad de buscar la diferenciación que cada uno se merece está servida, pero ¿de cuántos mártires se ha servido la historia por no cejar en el intento de buscar su propia autenticidad?

Es decisorio el talante de respeto y apertura que conlleva el asumir la novedad del otro, y el enriquecimiento y posibilidad de cambio que te ofrece; pero también es verdad que el vivir en un contexto más amplio, bien porque socialmente se esté mejor valorado, bien porque la controversia no tenga demasiado rechazo o bien, sencillamente, porque esa cota de libertad que supone el hacer caso a tu propia singularidad ya esté incorporada, facilita —creo yo— y responsabiliza mucho más, el apostar por un pronunciamiento en donde no sólo abre campo a la forma de hacer que uno considere, sino que abre campo al que quisiera y no puede por su propia cárcel. Ahí sí creo en la importancia y repercusión que conlleva el sacrificar el rechazo y no entendimiento del grupo por un alto valor, necesario y reclamado por todo ser humano, como es su propia identidad.

Eolo dijo...

En la batalla por la conquista de la identidad, el hombre hizo suyo el instinto y después el territorio. Los menos accedieron al señorío, y el resto a la servidumbre. Siervo y luego gremio, y luego hombre de villa o de ciudad.

Logrado un anonimato liberador de miradas categorizadoras en sucesivos andares migratorios, el siguiente paso se atisba vertical en la escalada hacia la cruz. Entre el prosistema y el antisistema caminan unas torpes sombras en direcciones erráticas dudando entre perpetuar la bondad o aceptar una belleza que aún solo deja transparentar breves haces de luz.

El patriarca hijo, henchido de poder, llena los paneles de proclamas de igualdad, pues atribulado se encuentra por los traumas de un linaje que le trae recuerdos de humillación y violación. Y no puede sino argumentar pensamientos simples desde el amor propio herido, en el que se cuelan aún las voces estertóricas del patrón moribundo, arrojando frases interruptas sobre el manejo de las masas, a las que ya maldijo en su tiempo.

En la batalla por la conquista de la identidad, obviar la diferencia es un juego que impide el reconocimiento singular de cada hombre, con su destino y su aspa a cuestas, dificultando el encuentro con un destino propio y original. Y todas las fuerzas se han puesto en forjar los moldes en la que no caben particularidades, y las arrugas se disfrazan con leyes y decretos. Los pliegues de las sábanas inducen a pensar los mismos rituales del mismo rito de fantasías sin sueños vívidos de compulsiones ancestrales y primarias.

Logrado un anonimato liberador de viejas miradas categorizadores, nos hemos inventado anodinodidad.

Manolo dijo...

Contestando al comentario de Anthony-mus(a), del 6 de junio, es normal que quienes nos rodean sientan la tentación de aprovecharse de su influencia sobre nosotros, incluso cuando estén convencidos de que lo hacen por “nuestro bien”. Podemos asumirlo como parte de su realidad, pero no aceptarlo. Y los motivos los hemos comentado ampliamente al principio de este blog. Tu pregunta sin embargo parece sugerir que no hay nadie, en toda la humanidad, que sea suficientemente puro en sus intenciones y con tal nivel de desarrollo personal que no necesite en absoluto utilizar su influencia sobre los demás en su propio beneficio. Pues bien, yo sí creo que esas personas existen. Desde luego, no abundan, pero existen. Alguna experiencia personal me hace estar convencido de ello. Creo que son algunos de esos seres que nos ayudan, y a los que he aludido en mis comentarios. Intelectualmente no es tan difícil de entender. Sin caer en falsas humildades creo que por “encima” de mí hay tal nivel de “perfección” posible que no me cuesta asumir que haya quienes han superado sobradamente los niveles de egocentrismo, de abuso de poder, etc., en los que chapoteamos la gran mayoría.

Contestando a los comentarios de “la sílaba silbada”, no me refería a seleccionar las diferencias “que merecen la pena” desde el discernimiento porque, como bien dices, eso implicaría hacerlo desde el juicio moral y desde nuestros intereses. La verdad es que no sé bien cómo se debe hacer esa selección. Intuyo que tiene que ser por medio de la “inteligencia”, como tú mismo señalas, pero una inteligencia especial. No la que está ligada a la razón, si no una que, estando alimentada por la valentía y la fe, nos haga estar abiertos a la aventura, a recibir y a vivir lo desconocido con la confianza de que hay mucho de positivo para nosotros en el ancho mundo que desconocemos. Aunque nos de miedo y aunque nos ponga a menudo “patas arriba”. Podríamos hablar de una especie de inteligencia “intuitiva” que te va diciendo qué cosas valen y cuáles no. Pero, admito que ahí también nos podemos hacer muchas trampas. Como bien dicen Beucis y Aquiles, en sus comentarios del 11 de junio, las diferencias que de verdad interesa captar son las que se refieren a la identidad profunda de los demás y a la nuestra propia. Aunque a mí también me valen esas otras diferencias en los demás que, aún sin ser quizás expresión de su identidad profunda, sí me ayudan a cuestionar mi mundo y, en cierta medida, a reinventarme.

Eolo dijo...

A mí me parece que hay muchos “seres” de cualidades ampliamente superiores a las mías, tanto fuera como dentro de la identidad. Sin ese punto de partida, que supone una buena dosis de humildad personal, no es posible alcanzar un mínimo de discernimiento desde el cual atender a los mensajes de los sabios, y denostar con los filtros los recovecos del ego escurridizo.

Pero el autor hace mención a otra realidad más cercana y colectiva, como es el cliché del hombre en la actualidad que procede de las esferas del poder, y cuyo efecto, por los comentarios que han aparecido, parecen interpretarse siempre en términos intimistas, y no, como creo que nos advierte, en términos generales y de interacción. Seguramente, para los aventureros, esto es un seria llamada de atención sobre un juego que tiene una importancia Mayor en la evolución, pese a la tendencia endogámica de los trabajadores de lo interior, de lo cual su relevancia parece reflejarse en los espejos comunes en los que el hombre, aún ineludiblemente, espera verse reflejado, incluidos los que se sienten elegidos.

¿Cómo, sino, entender la dinámica grupal generalizada, en la que constantemente eres contemplado como sinónimo de otros, o, por el contrario te atavías de lo antónimo, cómo muchos ejemplos cercanos nos indican, como, por ejemplo, en la política?

Aquel que crea que su evolución solo depende de su interior, comete un grave error, al confundir el escenario de su trabajo, con el trabajo mismo. No me explico de ninguna otra manera, la insistencia del autor sobre los aspectos relativos a las relaciones macrosociales y microsociales, a las que ha hecho alusión en este y anteriores párrafos.

Afrodita dijo...

Muchas veces al leer los comentarios ocurre el encontrar alguna frase que ayuda a que uno clarifique alguna idea propia ― para sí mismo, en principio, y desde ahí trata de reexplicarse ― que la primera vez que se escribió pudo resultar un tanto tosca.
Así, por ejemplo, recuerdo que no en este hilo, creo que en el anterior, escribí “no busco mi perfección” o “no me importa mi perfección”, o algo así.
Hoy, al leer el último comentario de Manolo, donde escribe “seleccionar la diferencias qué merece la pena desde el discernimiento implicaría hacerlo desde el juicio moral y desde nuestros intereses”, encuentro exactamente la matización que no supe plasmar en su momento.
Y es que estoy convencida de que es así, y que por muy bueno y deseable que algo sea, el hecho de desearlo, como beneficio propio o para el propio beneficio, ya empaña en bastante la calidad no de lo buscado pero sí la calidad de la búsqueda; y que el mismo deseo se convierte en zancadilla que uno mismo se pone.
Puedo referir, a título de anécdota, cómo hace cerca de treinta años conocí a una señora cuya máxima aspiración en la vida era levitar; hace muchísimo que no la veo, y no sé si lo logró, pero a mí me parece que…
Luego, también en el comentario de Manolo, cuando responde a las preguntas de Anthony-Mus(a), también encuentro conceptos, opiniones que comparto, que a mí no se me hubiera ocurrido escribir tan claritas.
Ambas cosas hacen una especie de cóctel en mi cabeza, como ensamblándose, y se me ocurre que tal vez en ocasiones buscamos, en quien nos da, algo muy concreto y específico; y si no es exactamente eso lo que recibimos nos sentimos defraudados, sin pararnos a considerar que lo que nos está dando es mucho más (o vale mucho más) que aquello que deseamos.
El último comentario de Eolo (de las 11,42 de hoy mismo) , entiendo que me sirve también de apoyo a qué he querido decir al principio; cuando escribe “Aquel que crea que su evolución solo depende de su interior, comete un grave error, al confundir el escenario de su trabajo, con el trabajo mismo”.

José dijo...

El predicar sobre la igualdad es el método para someternos a vivir en rebaño. Es lo contrario de la creación. En el arte el artista no copia, no hace trazos idénticos si no movimientos armónicos. Las obras surgen del pensamiento no de la mimesis, no de la imitación. En la filosofía, Aristoteles defendía esa imitación mientras Platón la contrariaba porque la consideraba solo una copia. Más adelante Nietsche puso más patas arriba ese mundo de los valores, cuestionó esa interpretación del cristianismo.

Las ciencias han notado que el artista al crear utiliza las partes del cerebro relacionadas con el pensamiento y que armoniza la configuración de la obra, no copia si no crea.

Igualmente el hombre en su libertad va abriendo su consciencia y su nexo de unión se va creando a través del amor, de la armonía

Doce dijo...

Ya está bien de globalización que no consiste en que todos coman su medio pollo. Yo sigo comiendo uno entero y otros ninguno.
Ya está bien de pensamiento único, de único lenguaje, de la misma anti-estética, de tener que calzar los mismos zapatos para dejar rastros confusos.
Ya está bien de decir a los niñós cómo tienen que pensar para habitar en esta humanidad que hace tantas aguas desde tantos puntos de vista, incluido el de ser animal racional.
Me aburre todo esto, y sobre todo que me digan que soy igual a los hombres, ¿porqué no habrá un ministerio de la desigualdad que propicie políticas de otro tipo?.
Y si mi cerebro femenino es distinto del masculino, reconocido por la Ciencia con mayúsculas, con procesos de asimilación y maduración en diferentes ritmos, ¿por qué en las escuelas seguimos empeñados en sentar juntos a niños y niñas? ¿para aplanar a unos y otros a la baja? ¿resulta así más fácil la domesticación?.
Me parece urgente prender los sentidos referidos en el párrafo anterior, caminar en busca de uno mismo ¿será cierto que en mí anida una chispa divina?, ¿Qué su descubrimiento es el de mi identidad?
No sé quién soy ni quiénes vosotros, pero en este viaje individual y colectivo brindo mi toro por si alguien quiere lanzar una verónica.

Anthony dijo...

La lectura del último comentario de Afrodita, me recuerda, en su referencia a la mujer deseosa de levitar, otra aventura similar y posible vivida durante un verano.

Levitando y apoyada en el coxis
(Variaciones naturistas)

En Valdetorres, Maestrazgo alto, Teruel -triángulo del champurrado dicen los que por aquí habitan- tengo sueños profundos y largos. Se repiten. Se refieren a necesidades de conseguir lo que quiero, de satisfacer el ego. Eso es lo que importa, triunfar en definitiva. Los sueños generan en mí una necesidad casi angustiosa de hacer el trabajo que me gusta, de que las cosas salgan bien, de proponer metas y objetivos, de dar rienda suelta a los sentidos. O sea, ensoñaciones del subconsciente que siempre se revela contra la cruda realidad, o contra la realidad que nos impone el consciente domesticado.
Antoinette me explica que el edificio es un antiguo palacete de algún noble o cortesano adinerado. Fachada de piedra con adornadas cornisas, grandes huecos y un exagerado escudo sobre el enorme portal, como para decir "aquí estamos nosotros, los tal y tal de cual". Las habitaciones son cómodas y dan a la pequeña plaza donde se sitúa el Ayuntamiento. Desde ahí arrancan unas escaleras que se pierden hacia la parte alta del pueblo, aupado sobre una colina que domina el valle y volcado hacia el río que los separa. Hace calor. En el comedor te sirven comidas de menú popular con algunos platos regionales, pero justo el día que anuncian "ternasco" nos tenemos que ir. Las chicas que sirven son las hijas de los dueños, adolescentes con ganas de mirar por las ventanas y salir corriendo por la noche hacia el baile del primer pueblo. Ahora conversan con los mozos trabajadores que vienen a por el menú del día en pandilla. Ellas a ellos les piden que las lleven a bailar, o que por lo menos las saquen de allí, en coche, en moto, como sea y se ponen melosas. Además están los abuelos que también ayudan cuando las chicas desaparecen.
Este pueblo es el aperitivo rupestre de nuestras vacaciones naturistas. Cosa de irse preparando, soltar las entendederas, relajarse. Todo termina bajando la empinada y prolongada cuesta que conduce a la orilla del mar, sin dejar de pasar por la increíble y mágica Morella. Ahora, ya en la primera noche de Los Madroños -Desierto de las Palmas, Oropesa del Mar- decido que lo de mi subconsciente alborotado debe ser culpa de esa larga negación de la satisfacción que me persigue últimamente en todos los aspectos, sobre todo trabajo y su rentabilidad moral, y las pulsiones sensibles, e intuyo que debo hacer más esfuerzos para que todo vaya saliendo según lo quiere él, mi subcon, y que tengo que conseguir todo lo que me proponga, no se vaya a cabrear y me vuelva tiriti. Como decía Ciprian, el dulce, amable y postrado santón del Valle de Muez: quiero cosas, pero no hago lo posible ni tomo las decisiones suficientes para que se manifiesten.

Anthony dijo...

....Y sigo:
Pienso ahora que todo se debe a la pulsión inicial que me inculcó mi padre, ganar, ganar y ganar, y además folgar; la ambivalencia entre la necesidad de ello y su paralelo temor a cumplirlo. Si las cosas se realizan hay que asumirlas, liderarlas, incluso volverse un poco evidente para conseguir que se manifiesten o sigan funcionando.
Estamos entre un desconcierto de edificios soltados en un espacio confuso y aparentemente desestructurado, como una aldea indígena en medio de la selva subtropical, o un pobladito de la pampa argentina. Las construcciones tienen ese aire de tapera o rancho a punto de ser arrasado por el malón de indios vengativos, salvajes y furiosos de la pradera uruguaya o los llanos colombianos, porque todo parece a medio hacer, sin terminar, con restos y abandono de cosas por doquier, chatarras, juegos de niños que fueron y a ellos entretuvieron, cultivos huertanos y mescolanza generalizada. Física edilicia de arquitectura vernácula o ecológica en busca del paraíso, con autoconstrucción desde la nada, sin mucho conocimiento, pocos o elementales recursos, pero lo bueno es que allí empiezas a ser más transparente que la luz de la luna llena. Por eso, en noches como esas, todos descubren tus más recónditos secretos como si estuvieras tomando el sol con el cuero al viento suave del mediterráneo, y después, en alguna postura de estiramiento y respiración, el alma se te dispara para arriba, mezclándose con el aire cargado de deshechos vitales abandonados, y de sudores compartidos atravesados por suspiros quejumbrosos.
Es entonces cuando alguien, quizás el más descargado que casi siempre resulta ser una mujer de mediana edad en busca de ese paraíso ansiado, comienza a despegarse de la tierra, a levitar tímidamente, aunque necesite aún apoyar la punta del coxis sobre el suelo, como si se se tratara de la vuelta ancestral al primer apoyo. Le pregunto cómo lo hace, qué es lo que siente, pero ella se encoge de hombros y se sonríe. -No sé, no pienso en nada, sólo trato de ser feliz...
Después nos explican que ése es un ejercicio de requilibrio corporal, que andamos por la vida cotidiana con el cuerpo más desestructurado que una quiniela de tres resultados, y así no hay subconsciente que descanse.
Me lo creo, por eso me esfuerzo en repetir el ejercicio cuatro veces al día, pero soy incapaz de levantar siquiera el culo o las pantorrillas del suelo. Al menos y mientras tanto, mi subconsciente ha dejado de pincharme con tanta parafernalia triunfadora. Como mucho ha comenzado a conformarse con satisfacer una visión que lo asalta ahora por las noches: terminar pegado al techo de la habitación, tal cómo sucedía en la película "Mary Poppins", cuando todos comienzan a reírse con las gracias y cuentos del viejo tío con bigotes, y no pueden dejar de hacerlo.
La risa te libera, ya lo dijo Humberto Eco recordando a los sabios de la antigüedad.

Verano 1998/1999

Afrodita dijo...

No sé si eres nuevo/a o un alter ego. Pero me has gustao. Sobre todo lo del ministerio de desigualdad. No estaría mal, en un pais tan ridículo como el que cuatro adefesios (y seiscientos y pico asesores) nos tienen montao, un ministerio de desigualdad.
Besos.

ICONO-Plasta dijo...

Discrepo del José que asegura sin empacho que el arte debe ser creatividad personal ineludible antes que igualdad o conjunción creativa. Le recuerdo que la historia de las artes,incluso ahora mismo, se basa en el método de observación, emulación e inicialmente copia, para terminar en inspiración y creación personal. Incluso cuando se habla de igualdad o conjunción creativa, la historia del arte se refiere a los grupos de creadores plásticos, artesanos, que codo a codo, espíritu junto a espíritu, han desarrollado toda una corriente de entendimiento expresivo del mundo, a los que posteriormente, pero no mucho, se han plegado a él por caer en los mismos reconocimientos creativos. De dónde sino el transcurrir y evolucionar conjunto de las distintas corrientes artísticas según su tiempo histórico. Sólo en el arte contemporáneo actual, se ha comenzado a explorar los universos personales desde la manifestación teórica de la psicología freudiana, y los recursos que la misma ha puesto en la conciencia humana. Y aún así, todo el desencadenate del arte moderno se basa en la acción de grupo, en el aporte multidiverso (sí, como en la biología básica) de cada una de las especies individuales de artistas preocupados por explicar el mundo en un momento dado. Y es que el discurso globalizador del autor de "49 respuestas..." ha definido vértices muy cerrados (ángulos angudos exponencialmente tendentes a cero), supongo que para enmarcar conceptos, de la unicidad creativa y evolutiva del hombre. Así, el concepto del grupo de ayuda mutua y repique creciente, se ha convertido para los contertulios de este interesante blog, en una necesaria denostación de "la igualdad" como algo puerco e inneceaario, y no como lo que es, una estratagema solidaria de conocimiento.
Bon apetit, mon cheries amies.

Afrodita dijo...

Nota:
Mi comentario anterior, de las 10:16, iba dirigido a Doce. El de Anthony no estaba publicado aún.

Inés dijo...

He estado dándole vueltas a la cuestión de cómo distinguir, llegar a saber qué es eso peculiar, irrepetible e intransferible que hay en las profundidades -o puede que en las alturas- de cada ser humano, que es necesario venerar. Y entre vuelta y vuelta, me ha parecido que este “necesario” está directamente relacionado con lo necesario, pero no imprescindible, que es cada ser humano, entendiendo que lo es en el contexto del movimiento evolutivo de la humanidad toda, necesario para que ella recorra todo el camino, hasta el final, y pasemos del proyecto al logro que nos espera con menos dificultades, o tras un recorrido menos doloroso.

Y me parece que lo “necesario” en uno y otro caso son la misma cosa, porque el texto habla de “identidad” y dice que el hombre la atisba, y si la atisba, esta sospecha, digamos, es como un principio de conocimiento, de autoconocimiento, que es un proceso en el que estamos casi todos muy, muy verdes (esto ya lo denuncia ese atisbo, que es la crisálida desplegando las alas); un asunto fundamental y obligado, y que es sólo desde ese autoconocimiento que podríamos llegar a reconocer esa diferencia en el otro que es necesario venerar. O sea, veneración por la propia en lugar de egolatría y otros ismos autocomplacientes y embaucadores a los que tan aferrados están nuestros egos. Y mientras nos vamos conociendo, puede que, además de despreciar criterios y desconfiar de juicios, razones, baremos, valoraciones, clasificaciones y percentiles de toda clase y condición, lo único o lo mejor que podamos hacer sea hincar la rodilla en tierra y respetar profundamente al menos los asomos, los atisbos de lo Desconocido que vayamos percibiendo. Y leer sobre mitología, que resulta que es nada menos que la historia de la humanidad. Como hace Beucis, por ejemplo.

Anónimo dijo...

Hoy, que se despide Junio, descubrí algo diferente que está en nuestros ojos... recorrí los mismos espacios y descubrí rincones nuevos pero mi miraba contenia la ensoñación de habitarlos.. un bosque de lavanda, un pino orgulloso plantado en el centro, una sombra, olor de acacias y tierra mojadas, descubrí un mundo a mi alrededor nuevo. ¿Esto es lo que teme el político y el falso profeta?

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